28 ene. 2014

Sobre lo que podemos cambiar y lo que no...

El otro día hablaba con uno de mis chicos sobre tomar decisiones y sobre las cosas que podía llevar a cabo para conseguir sus metas.
Como es propio de su edad, esa adolescencia en la que descubres hasta dónde llegas y hasta dónde llegan los demás, él resolvía diciendo que no podía conseguir sus metas escolares porque ni sus padres ni sus profesores dejaban de esperar cosas negativas sobre su rendimiento en clase y que “total, para que voy a estudiar más, si encima que lo hago y me esfuerzo y me aprendo los números primos, me suspenden igual...”

 Esta es una lucha diaria que tengo en mi trabajo, tanto con los pequeños como con los grandes (me refiero a los padres y madres ;-))... Pero en el fondo es una lucha que de alguna manera tenemos todos porque, muchas veces sin darnos cuenta, pensamos que hasta que los demás no cambien su visión, nosotros solos no podemos cambiar las cosas. Y es que solemos esquivar las responsabilidades y no nos miramos a nosotros mismos y no evaluamos lo que estamos haciendo en relación a algo y lo que, en definitiva, estamos proyectando hacia los demás.

En este caso concreto, mi chico decía que él necesitaba que tanto sus padres como sus profesores valoraran que llevaba tres semanas asistiendo a nuestra aula de estudio guiado, esforzándose y tratando de crear una rutina de estudio... Pero no fue así en la última nota que le pusieron en un examen de mates... Y estaba frustrado!! Porque es verdad que está empezando a esforzarse...

¿Y si lo ponemos en perspectiva?:


¿Cuánto tiempo llevas sentado en un sillón diciendo que a ti te cuesta y que no puedes hacer más? (antes de esas tres semanas fantásticas de esfuerzo, claro)... A lo que él, muy honradamente, respondió... “Años. Casi toda la primaria y el año pasado completo”...

Viéndolo así, a él mismo le resultó más fácil comprender porqué los demás no estaban valorando ese esfuerzo que a él tanto le estaba costando: eran años de estar en el “sillón de la pasividad” frente a unas pocas semanas de camino hacia el esfuerzo, años de que su madre estuviera detrás de él para que hiciera las tareas, años de distracción constante en clase, años de “yo no sé” o de “yo no puedo”...
Y sobre todo, cayó en la cuenta de algo que a muchos de nosotros nos cuesta horrores asumir: la persona a la que más le estaba costando asumir que ese cambio ya había dado comienzo y que andar ese nuevo camino dependía en gran medida de él era... a él mismo...

Y es que la tentación de volver a sentarse en el “sillón de la pasividad” es muy grande...


Volver a lo seguro, aunque sea algo indeseable o molesto para uno mismo o para los demás, es la tendencia natural que vamos a tener en la vida (a esto se le llama la zona de confort). Y si a nosotros nos cuesta creernos y mantener nuestros propios cambios… imagina lo que le cuesta los demás, que además no están “sufriendo” el esfuerzo…
Por eso, aquí es donde está la clave de lo que está en nuestra mano cambiar y lo que no: 

es muy difícil cambiar lo que hacen, piensan, dicen o sienten los demás...

lo que realmente está en nuestra mano es lo que nosotros pensamos de nosotros mismos y por tanto, lo que decidimos hacer, sentir y decir en relación a nuestras vidas... 


Para ello, por supuesto que necesitamos ayuda de los demás, más aún si hablamos de un niño o una niña o de un adolescente, personas en pleno crecimiento y desarrollo de aspectos tan importantes como el apego o la autoestima.
Pero el cambio debe empezar en nosotros, en pensar lo que queremos y en demostrar a los demás que estamos dispuestos a ello y que va a valer la pena que nos acompañen en el camino y, llegado el caso, que nos ayuden a alcanzar nuestros objetivos.

Y… una vez que se inicien y se mantengan los cambios… y una vez que los demás empiecen a verlos (unos antes y otros después)… será como si una especie de engranaje empezara a girar y, gracias a nuestro esfuerzo inicial y al apoyo de los demás, ese cambio ya no será un cambio, sino que formará parte de nuestra forma habitual de ser y de hacer, formando a su vez parte del tipo de relación que tenemos con los demás…



¿Y tú??

¿Tienes tu propio “sillón de la pasividad” en algún aspecto de tu vida?

¿Te aferras a tu zona de confort aunque no te esté haciendo ningún bien?




1 comentario:

  1. Estoy 100% de acuerdo con todo lo que dice!!! y creo que lo primero es tomar conciencia de ello.
    Un saludo, brujuleros!

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