3 feb. 2015

EDUCAR CON INTELIGENCIA EMOCIONAL A MI HIJO/A


  Desde hace algún tiempo, se viene hablando de que no solo existe la inteligencia académica, sino que existen varias inteligencias. Con exactitud, los teóricos del tema plantean que existen las siguientes inteligencias; lingüística, lógico-matemática, musical, espacial, corporal-cinestésica, intrapersonal e interpersonal. Se habla de la persona con múltiples aptitudes, que no actitudes, y de la multi-inteligencia. En los últimos tiempos también se habla de la relevancia de potenciar la inteligencia emocional, de educar en valores y tratar el mundo emocional de nuestros hijos… y bien, el asunto es que los papás y mamás se preguntan cómo tratar todo esto. Por ejemplo, qué hacer cuando mi hijo se enfada muchísimo con un amigo y no consigo que se tranquilice, qué hacer con mi hijo que siente miedo a estar solo.

Bueno, pues hoy vamos a tratar el tema de las emociones, para qué sirven y cómo podemos acompañar a nuestros hijos en su gestión.

Las emociones no son ni buenas ni malas, ni positivas ni negativas, son una señal; las emociones son funcionales.

¿Para qué sirven? La emoción tiene una condición de señal que me indica que la situación que estoy viviendo me está afectando de alguna manera.

¿Cómo podemos acompañar a nuestros hijos en su gestión? Pues entendiendo la funcionalidad de la emoción por un lado y validando la emoción por otro, es decir, lo que sientes es válido, no lo puedes anular, sin embargo, no todo los comportamientos que derivan de esta emoción son aceptables.

Vamos a tratar dos emociones, el enfado y el miedo.

EL MIEDO: su funcionalidad es la dignidad.

Es una valiosa señal que indica que hay una desproporción entre la amenaza a la que nos enfrentamos y los recursos que yo tengo para resolverla.

Cuando acompañamos a una persona que siente miedo, en primer lugar es importante aceptar que hay amenaza aunque nosotros no creamos que lo sea.

En segundo lugar, ver de qué está hecha esta amenaza para el otro.

Por último podemos ayudarlo a descubrir los recursos personales que tiene para resolverlo.

EL ENFADO: su funcionalidad es que resuelve.

Es un remanente de energía que aumenta nuestros recursos para resolver el problema, resolver lo que nos molesta.

La parte que ayuda a resolver lo que no me gusta de la situación es que puedo expresar lo que me ocurre y buscar una manera de restituir. A continuación lo explico por pasos.

En primer lugar se da la descarga de la energía: cuando algo me molesta, aparece en mi cuerpo una carga de energía que está producida por unas reacciones químicas del organismo que liberan adrenalina y noradrenalina (hormonas que preparan para defenderse, cazar… como nuestros ancestros).

Este volumen de energía hay que sacarla del organismo, ya que si no pueden aparecer diversos dolores físicos (de cabeza, de barriga…) y hay que descargarla de manera positiva, con un cojín, pateando el suelo…, es importante que no se dañe el niño y que no dañe al resto.

En segundo lugar es importante expresar lo que siento: expresar que tu acción ha generado un impacto en mí, un daño o una molestia. Esto favorece que me reafirme como persona, que me fortalezca y es importante tener claro que no me hace débil decirte que has hecho algo que me ha dolido.

En tercer lugar, formular una propuesta con la persona que ha hecho lo que me molesta para que la próxima vez no ocurra esto, construir un proyecto que asegure que este problema no se va a repetir.

Por último, voy a hablar del deseo de castigar al otro. Esto no es funcional, sin embargo, suele ocurrir a algunas personas cuando se enfadan. En ocasiones no podemos centrarnos en que lo que ha hecho el otro me ha molestado, ni en pensar de qué manera quiero que lo haga la próxima vez, sino que me centro en castigarlo porque me ha dañado. Cuando esto nos pasa, podemos darnos cuenta de que por más que castigue al otro y me vengue, no desaparecerá el daño que yo viví.
A la hora de educar a mi hijo a canalizar sus emociones es muy importante que yo sepa hacerlo, ya que los niños aprenden a estar en este mundo de la relación que yo tengo con mi hijo, de la relación que yo tengo con mi pareja y de la relación que yo tengo con el mundo y con todas las personas que están a mi alrededor.

Además de esto, si por diversas razones nuestros hijos no pueden aprender a canalizar adecuadamente lo que sienten y no pueden afrontar con éxito las situaciones que viven, en este momento, puede ser interesante acudir a un profesional.



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